lunes, 2 de abril de 2012

Días de frío.

No sé como conectarme a la realidad pero no puedo tolerar la falsedad. Sufro de frecuentes ataques de ansiedad y a la vez permanezco tan tranquilo ante el caos. Tengo miedo de estar solo, sin embargo me da pánico estar entre muchas personas. Me cuesta dormir con las luces de neón que emana la ciudad, y le tengo miedo a la oscuridad. Todo eso y más inconsistencias,  me atormentan diariamente. Inconsistencias que aprendieron a convivir entre sí, que se dieron de manera natural.
Natural como el caos, natural como la tormenta, como la lluvia devastadora. Mi realidad no es muy brillante al parecer, tiende a ser depresiva, autodestructiva a veces y un tanto mediocre.
¿Cómo alguien puede ser feliz en una ciudad llena de pavimento gris y edificios negros? Más si es invierno. El frío del viento más la frialdad de los peatones hacen que el clima sea invernal, aún si se tratara de los primeros días de Marzo.
No sé si mi estado depresivo se debe a mi naturaleza tan apagada o al ambiente tan sombrío en el cuál me veo atrapado. Quizás sean las dos cosas potenciadas.
Aprendí que la felicidad puede deberse a una gran simpleza, pero la infelicidad son miles de detalles desalineados. Cómo las paredes despintadas, las calles con baches, las ventanas con mediocres arreglos temporales, y las grietas en las veredas, entre otros pequeños horrores cotidianos que atormentan mis deseos de sonreír.
Es por eso que la gente en Capital nunca sonríe. Infelicidad colectiva. Mediocridad individualista

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