No es que él odie su vida, simplemente es incapaz de amarla. Esto se debe en parte a un empleo mediocre, una particular torpeza para la interacción humana y el silencio de las noches que no lo deja dormir.
Un perro, un canario, una planta... algo con vida que le haga compañía, todos le aconsejaban lo mismo, pero eventualmente las plantas se marchitaban, los animales se escapaban o morían de hambre; y las personas se daban por vencidas, no brindaban más consejos, aprendían a evitarlo o a aceptar la indiferencia que les provocaba la vida de tal perdedor. Él entonces no hacía mas que matar el tiempo con películas francesas y literatura inglesa.
Con una copa de vino entre sus dedos, absorbía las palabras que desbordaban de las paginas y se metía en el relato, apenas podía salir a la realidad cuando el despertador detonaba que era hora de ir a trabajar. Otra vez había pasado por alto la noche, como si de segundos se tratase.
Y parecieron instantes, pero era viernes nuevamente. El fin de semana se asemejaba a un coma vegetativo: viernes para dormir, sábado para leer, domingo para mirar la pared y buscar algo parecido al afecto en las manchas de humedad.
No, no otra vez. Ya pasó mucho años en soledad y la angustia había quedado atrás en los años gloriosos, la adolescencia. Ahora era tiempo de referirse a su vida como mediocridad y desgaste, era muy tarde para rebelarse; sus huesos no aguantarían esa joven sensación a depresión de secundaria.
El suicidio era la primer asignatura pendiente en su lista de cosas que hacer antes de morir. Pero debía postergarlo aún más, porque él aún seguía siendo el mismo cobarde que reprimía sus sentimientos con cafeína y los ocultaba detrás de una pagina aneja.
Y parecieron instantes, pero era viernes nuevamente. El fin de semana se asemejaba a un coma vegetativo: viernes para dormir, sábado para leer, domingo para mirar la pared y buscar algo parecido al afecto en las manchas de humedad.
No, no otra vez. Ya pasó mucho años en soledad y la angustia había quedado atrás en los años gloriosos, la adolescencia. Ahora era tiempo de referirse a su vida como mediocridad y desgaste, era muy tarde para rebelarse; sus huesos no aguantarían esa joven sensación a depresión de secundaria.
El suicidio era la primer asignatura pendiente en su lista de cosas que hacer antes de morir. Pero debía postergarlo aún más, porque él aún seguía siendo el mismo cobarde que reprimía sus sentimientos con cafeína y los ocultaba detrás de una pagina aneja.
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