Y como a la deriva de la emociones su pequeña e insignificante existencia se desvanecía junto con los sueños de preparatoria. Siempre tan infantiles, tan ilusos, tan apasionados, tan idiotas.
Exquisita la armonía entre el despecho y la inseguridad.
Rompía en llanto en un constante ciclo, y enfrente de esa caja boba desahogaba todas sus penas. Trataba de no estar en silencio, para disimular su soledad.. Así que ponía canciones tristes, que se sentaban a su lado, y apretaban un poco más la cuerda al cuello.
Las rosas marchitas eran la perfecta metáfora de su alma en ruinas, así que tomo el florero de cristal y lo tiró con todas sus fuerzas, hasta que se desintegro en pequeños trozos de vidrio y pétalos rojos marchitos. Se quedó petrificada, contemplando durante unos minutos su reciente obra.
Y luego, entre llantos y deseos suicidas, cayó en un profundo sueño.

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