miércoles, 16 de enero de 2013

La última rosa blanca.


La lluvia riega la única rosa blanca que queda en nuestro jardín. Es una lástima que tal belleza se pierda en el caos. Hace meses que nadie se detiene a verla, años que nadie se acerca a embriagarse con su perfume.
Esa rosa blanca, crece y crece; se marchita y vuelve a renacer. Es un ciclo hermoso de principio a fin, pero nadie parece capaz de comprenderlo.
Pero al rosa no se detiene por el siempre hecho de que nadie la admire, ella sigue y sigue, por el placer miso de seguir y seguir.
Con las personas no es igual, las personas se marchitan y muy pocas vuelven a renacer. La mayoría se conforma con sus pétalos secos, tirados el el barro, empapados de mugre y lluvia. Otros buscan el Sol, de la manera que sea, lo buscan; eso no significa que lo encuentran, pero por el simple hecho de buscarlo, encuentran distintas maneras de florecer.

Florecer y convertirse en una flor del mal.
Florecer y adornar una tumba.
Florecer y quedarse estancada en medio de un pantano.
Nadie dijo que florecer sería algo bueno, pero es mejor que marchitarse sin pena y sin gloria. Es mejor que revolcarse en la miseria propia y ahogarse en lágrimas. Es mejor que simplemente dejar la vida pasar por delante.

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