Niega sus penas y trata de esconder su miedo detrás de un vaso de vino blanco. No le queda más que hacer eso y esperar.
Eventualmente todo cae en su lugar. Supongo que por eso él le teme a la gravedad.
Nadie quiere saber lo que se merece, pero en el fondo lo saben. Y él lo sabe, él sabe que merece ese sufrimiento inhumano que lo carcome desde adentro, él sabe que merece las noches sin dormir y la sensación de vacío en su cabeza.
Él merece cada segundo de humillación, cada minuto de desesperación y por sobre todo, el hecho de no poder mantener el control.
Su más grande error fue pensar que él podría manejar todo con frialdad, que él podría cubrir sus huellas en la nieve y salir impune. Su más grande error fue entregarse a las voces de su ego, esas voces que se silenciaron luego de que él tomará conciencia de lo sucedido.
Él no tiene más refugio que estar seis metros bajo tierra. Sin embargo se rehúsa y busca otra salida. Piensa y piensa, ve las llamas arder; contempla el fuego como sabiendo que a él le espera lo mismo: arder en el infierno.
Sin embargo, él sigue pensando que hay una salida ¿Una salida para el infierno? Imposible, pero él ignora esto, o más que ignorar lo niega. Se entrega deliberadamente a la locura, mientras busca una salida.
Y ya es muy tarde para advertirle que no debería temerle al infierno, pues ya esta viviendo en él.
Las llamas lo envolvieron como una madre a su niño recién nacido.
Las llamas se lo devoraron como Saturno a sus hijos.
Las llamas fueron su única compañía por el resto de la eternidad.

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