miércoles, 29 de agosto de 2012

What a hell of an angel.



En un momento de debilidad sus ojos dejaron ver su alma, eso despertó una violencia descomunal dentro mío. 
¿Como podía ser tan perfecta, hermosa por dentro y por fuera? No era humano, no. Su rostro era parte de un plan divino, una obra fuera de este mundo. No podía ser real esa sonrisa que reflejara la tranquilidad del mar y a la vez el peligro del cielo.
Ella es un ángel; aura de diamante y alas de terciopelo. Y eso me hacía odiarla, porque yo sabía que tenerla en mis brazos era lo mismo que pretender que un manzano dé limones.
Es que simplemente no hay comparación entre semejante ser puro y mi desdichosa existencia.
Yo no soy nada ni bueno, ni malo ante ella , así que ¿cómo podría pretender que me amé, que siquiera me note, si no soy NADA? Soy invisible, insignificante, así me hace sentir. Y a diferencia de lo que todos creen, lo contrario del amor no es el odio, es la indiferencia. Es por eso que duele más, mucho más.
La indiferencia es ausencia de interés. Es no despertar nada, ni un sentimiento de apego o rechazo... Y por eso duele cuando la persona, esa que pasa tomar lugar en un plano divino, es todo lo que uno puede llegar a soñar y más. Pero sin embargo, a pesar que mi mundo se reduzca simplemente a su nombre y el aroma de jazmín de su pelo, ella no tiene idea de mi existencia. Irónico, la razón de mi existencia no se da una idea de que ocupó un lugar en el mismo planeta.
Pero claro, yo no pertenezco a  este mundo. Y ella tampoco, ella pertenece a algo superior, a un cielo, un paraíso  Mientras que yo.. yo no merezco tener la capacidad de poder respirar. Es que cuando la veo no puedo hacerlo, no puedo dejar que el aire corra por mis pulmones; siento que no soy merecedor de respirar el mismo oxigeno que ella.
¿Es posible amar tanto que uno saca todo el amor que tenía por TODO lo que tenía para depositarlo en algo que nunca va a tener?
La respuesta esta escrita en su mirada. Y aún recuerdo esa vez cuando la miré a los ojos...