domingo, 12 de febrero de 2012

En la fría luz de la mañana.

En una playa desértica ella tenía los pies sobre la arena, ocasionalmente la espuma de mar enjuagaba sus pies; la sal hundía sus lágrimas.
 El Sol inundaba el agua con tonos anaranjados, el cielo se teñía con el amanecer. Ella deseaba desaparecer con la noche, con la tempestad. Mientras la luz de la mañana se expandía, sus miedos también lo hacían, contrarío a lo que ella pensaba que pasaría. Esta vez no, esa mañana sus temores nocturnos se harían eternos. 
Bajo los cálidos rayos que destrozaban la neblina de la noche pasada, ella trataba de mantener en pié sus esperanzas, pero no podía. Quería avanzar, entrar hacia la fría agua de mar, pero no podía. Se vio paralizada ante su miedo. Era un día tan bello, un instante tan sublime, pero no podía disfrútalo. No.
Al no poder caminar por el mar, al no poder avanzar, se rindió. Y repentinamente quedo de rodillas ante la inmensidad del mar, con la cabeza gacha, haciendo desaparecer sus lágrimas en el océano, mezclandolas entre el azul intenso y los resplandores dorados del cielo. 


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