Culminando la semana, ella se sentó a contemplar los miedos que había ocultado bajo su cama.
Ya no le temía a nada, ya no tenía nada a que temer. Ya no tenía pesadillas, ni sueños. No había más odio para dar en su corazón, ni amor para recibir.
Entonces, con una mirada perdida se quedó a oscuras, sin emitir sonido alguno; enfrente del espejo, retroalimentandose de una mentira.
Miraba y miraba, hasta que sus ojos se desgastaron de tanto mirar; hasta que su mente no pudo más.

No hay comentarios:
Publicar un comentario