El silencio de la noche fue testigo de la violenta escena, en donde los tres disparos rompieron con la oscuridad. Dos heridas de bala se incrustaron en el cuerpo del joven que disparo uno en defensa propia, lo cuál sin duda salvo su vida. Prontamente se escucharon las sirenas de la ambulancia y la policía, respectivamente.
Una vez en el hospital, con un iluminado casi enceguecedor y ese peculiar aroma a esterilización, ambos fueron atendidos. La victima, con esa sincera expresión de dolor que al ver los ojos de su amada inundados de lágrimas, ahogados en desesperación y con sus manos temblando tratando de aferrarse al crucifijo de madera, trató de decirle "no te preocupes" pero él no tenia la fuerza como para pronunciar esas palabras de una manera descifrable. El agresor se encontraba al otro lado de la habitación, empapado en sudor frío y sangre, rogando a Dios, pero no por su vida, si no por el perdón de su madre... la cuál se encontraba tartado de ocultar que se sentía humillada por el hecho de que su único hijo varón esté esposado a la camilla y haya sido denominado como "el delincuente".
La angustia de una esposa, el pesar de una madre. Ambas fieles y leales, fuertes y susceptibles, capaces de dar todo por sus seres queridos. Su silencioso llanto resonaba en la sala de espera cuando se miraron cara a cara. Ni una palabra, basto con esa mirada que se deshacía de sufrimiento, que se retorcía de tristeza y detonaba una preocupación sobrehumana.
Y un hombre que parecía ser enfermero, reluciendo una siniestra sonrisa, se atrevió a decir: "No puedes sacar al chico de la pelea, saca la pelea del chico".
No hay comentarios:
Publicar un comentario