Una leve neblina colmaba de misterio esa silenciosa noche de Abril. Mientras ambos caminaban por la calle, con una mirada perdida ella dijo sin pensarlo:
-¿No te das cuenta?- Algo exaltada e inquieta. La verdad no podía esperar un minuto mas, necesitaba confesarlo, pero aun no tenia las palabras exactas para hacerlo.
-¿De que me tendría que dar cuenta?- Respondió él, con curiosidad, ironía y un falso aire de
amabilidad.
Él no sabia como callar las voces de su conciencia que le pedían a gritos que dijiera de una vez por todas, y sin vueltas, lo que realmente le pasaba.
Ella no sabia que contestar, de hecho, aun no entendía por que dijo eso. Tal vez su subconsciente decidió que ya era hora, que no podía pasar otra noche en vela pensando en este asunto. No era tan difícil, tenia dos opciones: decirlo y arrepentirse el resto de su vida o no decirlo y arrepentirse el resto de su vida.
Ambos estaban perplejos, no entendían porque era tan difícil seguir esta simple conversación, porque se había tornado en imposible descifrar lo que el otro estaba pensando o porque ninguno podía formar una frase coherente en su cabeza.
Hasta que finalmente un suave pero confiado -Te amo- irrumpió el silencio y la frialdad de la noche.
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